Paranoias
Percibió la paranoia en las miradas de los demás, a lo largo de las 36 cuadras recorridas en diferentes sentidos. No tenía cábalas para caminar. Sabía de algunos que cruzaban de vereda cuando se encontraban en determinadas situaciones. Un perro, un gato negro, una escalera, pisar con el pie izquierdo. Pensó en eso mientras iba.
Salía de trabajar tarde, “tardísimo”, decía su mujer y no es necesario aclarar que el miserable sueldo que cobraba, le alcanzaba para alimentos, abrigo, algunos impuestos (no todos) y otros gastos que no le dejaban margen ni para abrir un ahorro.
“ Estoy fuera del Sistema”- reconoció alguna vez, pero se consolaba pensando que “ hay gente en peores condiciones, qué mierda”- lo decía con la ironía propia de un verdadero argentino conformista.
Lamentó las miradas, porque lo hacían sentir un pordiosero, en un país donde la gente se estaba acostumbrando a ver un cartonero, un chico pidiendo comida, o gente revolviendo la basura. “ A todo, uno se acostumbra”, decía su abuelo, que otrora había militado en el anarquismo, por si el dato sirve.
Le molestaban esas miradas, era como sentir algo clavado en la espalda o en el corazón, dependiendo del ángulo que lo observaban.
Porque un hombre caminando por las calles, a altas horas de la noche, en un pueblo infame como este, en pleno invierno, es blanco de miradas maliciosas. Objeto de deseo de distintas especies de ‘animales nocturnos’ escurridizas miradas de vecinos paranoicos, que esperan un certero ataque de algún excluido.
El inclusive, alguna vez lo había pensado, como esos obsesivos televidentes adictos a crónicas del terror.
Alguna vez supo en carne propia, disfrazarse de miedoso, desafortunadamente desconfiado e inseguro, también como “los otros” ahora, lo miraban a él.
Se sintió una mierda, una verdadera porquería humana, desconociendo, ignorando quizá, que en la vida los valores pasan por otra vereda, por otra avenida.
De todas maneras, se remordía por el hecho de no querer estar de este lado ni del otro.
Es decir, de este lado, sintiendo la confesa mirada despectiva de los habitantes de la comodidad del microcentro.
Del otro lado, es decir, del que mira con desprecio la desgracia ajena , actitudes que alguna vez tuvo, pero no quiere volver a experimentar.
